Cuando eres más ciudadano del mundo que incondicional de una patria te enamoras constantemente de pequeños rincones, esos que pasan efímeros para cualquiera pero que quedan guardados en mi corazón con el primer aroma que desprenden al atardecer. Tantos lugares donde soñar con el presente pero nunca se dejan conquistar, y de nuevo renacen en tu mente todas esas utópicas ideas de evasión para hallar un territorio donde la mente pueda divagar en compañía de otros seres errantes. Tantas idas y venidas que siempre acaban en despedidas, como la última vez que pisé la Universidad que se ha encargado de toda mi formación académica actual. Paseé, divagué, saqué un cuaderno y respiré...:
'Qué vacío siento cuando cae el atardecer y me recuesto en la fría soledad de este mísero banco del campus, del que siempre fue mi campus. La gente, después de tantos años, me resulta apática y desconocida, o quizás sea yo el extraño que ya no sonríe cuando visita este feudo del saber. Seis años después, cada vez que piso este territorio, que antaño fue para mí de ilusión y sabiduría, siento la misma frustración de aquel viejo poeta que perseguía un sueño y veía con dolor como se le escapaba para siempre. Recuerdo, mientras me ladeo suavemente de un extremo a otro del banco, la primera vez que anduve por este campus. Era una apacible mañana de agosto, un día 2 para ser más exactos, cuando recién llegado a la gran ciudad después de 7 horas de autobús nocturno aparecía por este mismo lugar con la mejor de mis sonrisas, ese mismo lugar que a día de hoy me produce rechazo y aversión. Aquella mañana de agosto, con mi cámara de fotos en mano, me puse a retratar todos los edificios y rincones de este magno imperio del saber, y que con toda ilusión enseñé después en mi tierra a modo de inauguración de mi leyenda personal. Siempre, desde que leí el Alquimista, quise emular al protagonista y construir mi propia leyenda personal. Hoy, echando la vista atrás en esta tierra que me ha visto formarme intelectual y socialmente, que me ha construido como persona, siento que para nada he perdido el tiempo. Nadie me dijo que fuese fácil crear mi leyenda personal, y al igual que muchos llegan ahora con la misma ilusión y empiezan a buscar sueños pero les queda todo por conocer, ya puedo decir a día de hoy que tengo mucho camino andado, y que el final de mi leyenda aún puede acabar exitosamente. Sólo necesito terminar de encontrarme, rebuscar en mi baúl aquella sabiduría que me dio la fuerza y la voluntad para abandonar mi tierra y lanzarme en la utopía de no ser como aquel viejo poeta que, mientras veía que sus sueños se le escapaban, dejaba, sin darse cuenta, morir a su alma'.
Unos meses después de la última despedida, cuando el otoño ya cayó en el olvido y el invierno amenaza con acompañarnos más de lo que debería, el viento del sur es el encargado de abrazarme cada mañana. El año toca a su fin, pero siempre quedarán pequeños rincones de los que enamorarse y donde poder desvanecerse...
D.S.M.