La sensatez empieza a alejarse de mis actos y las ideas se entumecen, cabalgan a la deriva sobre frases que se pierden entre páginas de odio y decadencia. La fragilidad de mis sentidos sólo alcanza a devorar sutiles alientos de desesperación y no vislumbro esperanza, ni sentido ni razón, cercana a quedar al alcance de tan temprana locura. El horizonte, que antaño no paraba de centellear, se vuelve escabroso, se aleja de la existencia, y no se vislumbra voluntad capaz de devolverle a la vida. La pobreza ya se asoma en forma de ausencia de sabiduría y va abriendo paso a una monotonía exasperante que amenaza, con prosaico armamento, acabar con la riqueza adquirida durante años. La tristeza en mis días aparece más que de costumbre, el tiempo se hace eterno y las noches, tan anheladas y envidiadas en tiempos pasados, han perdido su esencia, aquella capaz de crear los versos más cautivadores.
Inmerso en semejante declive de ilusiones, sería sencillo invocar al optimismo y sentarse a esperar que la temporalidad de los acontecimientos restablezca la cordura de mis ideas. Es tiempo de guerra, de dar batalla a los que desean El triunfo de la muerte y reconquistar el territorio perdido. El reloj no se detiene, hay que “desempolvar los recuerdos” del pasado y seguir alimentando los propósitos, aunque sean quimeras. Hay que inyectar vida a los sueños, porque los sueños se mueren…
D.S.M.

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